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Colombia, Ecuador y Venezuela
 

 

 

Un mundo más seguro

Por Kofi A. Annan

 

 

Hace quince años, disgregaban al mundo enconadas polémicas sobre las estrategias de desarrollo económico.

Los países ricos respaldaban el “Consenso de Washington” y el “ajuste estructural”, políticas aborrecidas por los países en desarrollo y duramente criticadas por movimientos de la sociedad civil del mundo industrializado. Se consideraba que las Naciones Unidas no tenían nada que decir sobre el tema o, peor aún, que hablaban en defensa de gobiernos corruptos y despilfarradores de países en desarrollo.

Hoy en día es evidente que la situación ha cambiado. Las deliberaciones sobre políticas de desarrollo, incluso entre los principales países industriales, se basan en un amplio acuerdo entre los donantes y los receptores de la ayuda sobre lo que deben hacer unos y otros para lograr el desarrollo. Tres importantes reuniones internacionales —la Cumbre del Milenio celebrada por las Naciones Unidas en 2000 y las conferencias que la Organización celebró dos años más tarde en Monterrey, sobre la financiación para el desarrollo, y en Johannesburgo, sobre el desarrollo sostenible— han promovido un admirable consenso mundial sobre las formas de desarrollar las economías, aliviar la pobreza y proteger el medio ambiente.

Los ocho objetivos de desarrollo del Milenio, establecidos hace cuatro años, son los baremos para medir el progreso en materia de desarrollo hasta 2015. Abarcan el objetivo de reducir a la mitad el porcentaje de personas que padecen pobreza extrema y hambre, lograr la enseñanza primaria universal, promover la potenciación de la mujer y mejorar su condición jurídica y social, reducir la mortalidad infantil y materna, poner freno a la propagación del VIH/SIDA y el paludismo, hacer que todos los países adopten políticas sostenibles desde los puntos de vista social y ambiental y —un objetivo de importancia fundamental para que se logren los demás objetivos— establecer una alianza mundial entre los países ricos y los países pobres, sobre la base de mercados abiertos, el alivio de la deuda, las inversiones y una ayuda financiera orientada con precisión.

Aún es muy difícil predecir si alcanzaremos esos objetivos para 2015, especialmente en el África subsahariana, donde se siguen necesitando esfuerzos mucho mayores, tanto de los donantes como de muchos gobiernos del continente. No obstante, en el afán de lograr un mundo más justo y más próspero, al menos hemos llegado a un acuerdo sobre lo que hay que hacer.

Lamentablemente, aún no hemos llegado a un consenso similar sobre la forma de lograr un mundo más seguro. A este respecto, la situación incluso ha empeorado en los últimos años. El momento de solidaridad mundial contra el terrorismo que
vivimos en 2001 se vio rápidamente sustituido por agrias polémicas sobre la guerra del Iraq, que se revelaron síntomas de divisiones más profundas acerca de interrogantes fundamentales, a saber: ¿Cuál es la mejor forma de protegernos del terrorismo y de las armas de destrucción en masa? ¿Cuándo es permisible el uso de la fuerza, y en quién ha de recaer la decisión? ¿Está justificada en algunos casos la “guerra preventiva”, o se trata simplemente de un acto de agresión con distinto nombre? Y por último, en un mundo que se ha vuelto “unipolar”, ¿qué papel han de desempeñar las Naciones Unidas?

Estas nuevas deliberaciones se sumaron a las que se habían iniciado en el decenio de 1990 sobre otros temas: ¿Es la soberanía de los Estados un principio absoluto o tiene acaso la comunidad internacional la obligación de prevenir o resolver los conflictos intraestatales, especialmente cuando entrañan actos de genocidio o atrocidades comparables?

Para sugerir respuestas a estos interrogantes, hace un año nombré a un grupo de 16 distinguidos hombres y mujeres de todas partes del mundo y de distintos
ámbitos de especialización: político, militar, diplomático, económico, social. Les pedí que evaluaran las amenazas a que se enfrentaba la humanidad hoy en día y que recomendaran las formas en que debíamos cambiar, tanto en el plano normativo como en el institucional, para afrontarlas.

Ayer [2 de diciembre], presentaron su informe, titulado “Un mundo más seguro: la responsabilidad que compartimos”. Sus 101 recomendaciones son el conjunto de propuestas más amplio y coherente para elaborar una respuesta común a las amenazas comunes que he observado. En el informe se explica y reafirma con claridad el derecho a la legítima defensa; se indican directrices sobre el uso de la fuerza para ayudar al Consejo de Seguridad a afrontar de forma más decisiva y proactiva tanto las atrocidades que se cometen en masa dentro de un Estado como las “visiones apocalípticas” (como aquellas en que se combinan el terrorismo y las armas de destrucción en masa); se incluye un acuerdo sobre una definición de terrorismo (que la comunidad internacional no había logrado alcanzar hasta ahora) y se formulan propuestas para prevenir una cadena de actos de proliferación nuclear y aumentar la seguridad biológica. En el informe también se formulan abundantes propuestas prácticas para modernizar los órganos de las Naciones Unidas —incluido el Consejo de Seguridad— y hacer que la Organización sea más efectiva, particularmente en los ámbitos de la prevención y del establecimiento de la paz.

Por sobre todas las cosas, en el informe se describen claramente el carácter interrelacionado de los fenómenos de nuestra era, en que los destinos de los pueblos y las amenazas que se les plantean están estrechamente vinculados. Una amenaza para una nación no sólo es una amenaza para todas, además, no encarar una amenaza puede minar las defensas que nos protegen de todas las demás. Un gran atentado terrorista en pleno mundo industrial puede devastar a la economía mundial, volviendo a sumir a millones de personas en la pobreza extrema, y el derrumbe de un Estado en la parte más pobre del mundo puede crear un enorme vacío en nuestra defensa común del terrorismo y de las enfermedades epidémicas.

Pocos podrían leer este informe y seguir dudando de que hacer de éste un mundo más seguro es efectivamente una responsabilidad que compartimos, así como un interés que compartimos. En el informe se nos dice cómo hacerlo y por qué hemos de actuar ahora. Se afirma sin rodeos que corresponde a los dirigentes políticos del mundo dar el próximo paso. Los insto a dar un firme paso adelante; hay demasiado en juego como para desaprovechar la oportunidad.

El autor es el Secretario General de las Naciones Unidas. El texto completo del informe figura en www.un.org/spanish/secureworld/

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Bogotá, Diciembre 3 de 2004. BOG/SG/37

 

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