El lunes presenté mi informe titulado “Un concepto más amplio de la
libertad”. Para el público en Nueva York el lunes también fue el primer día
de la primavera y espero que este informe constituya un nuevo punto de
partida para el Sistema internacional y para las propias Naciones Unidas.
Algunos estimarán que ésta es una declaración sorprendente y pretenciosa de
una organización que les parece parte de un orden mundial anticuado, orden
que en cualquier caso poco tenía que ver con la libertad.
Pero las palabras “un concepto más amplio de la libertad” están tomadas del
preámbulo de la Carta de las Naciones Unidas, que empieza “Nosotros los
pueblos”, palabras que constituyen el título del Informe sobre el Milenio
que presenté hace cinco años. En ambos casos quería recordar a los gobiernos
del mundo, que me confirieron este cargo y ante quienes debo responder, que
están en las Naciones Unidas para representarse no sólo a sí mismos, sino a
sus pueblos, que confían en que han de trabajar unidos en pro de los
objetivos enunciados en la Carta.
Esos objetivos pueden resumirse como paz, derechos humanos, justicia y
desarrollo, pero en 1945 esta última palabra no estaba tan en boga como en
la actualidad. La expresión que figura en la Carta es “Promover el progreso
social y ... elevar el nivel de vida dentro de un concepto más amplio de la
libertad”.
Con esa frase magnífica nuestros fundadores señalaron claramente que el
desarrollo es posible sólo en condiciones de libertad y que la gente sólo
puede beneficiarse de la libertad política si tiene al menos una buena
posibilidad de alcanzar un nivel de vida decente. Pero puede interpretarse
“que un concepto más amplio de libertad” abarca también los otros objetivos.
Se puede ser auténticamente libre sólo si se está amparado de la guerra y la
violencia, y si la legislación garantiza los derechos fundamentales y la
dignidad. Los derechos humanos, el desarrollo y la seguridad son
interdependientes, y en su conjunto dan como resultado una libertad más
amplia.
Constituyen además los tres elementos principales de una plataforma de las
Naciones Unidas que puede resultar claramente atractiva a escala mundial:
objetivos simples, fácilmente comprensibles, de importancia evidente para la
persona común, ya sea ciudadana de Londres o de Nueva York, que teme otro
ataque terrorista, o el habitante de un tugurio o una aldea de América
Latina y África en que las amenazas más inmediatas parecen ser el hambre, la
enfermedad, la desertificación y los conflictos civiles.
Desde luego, las Naciones Unidas a veces no están a la altura de esas nobles
aspiraciones, por cuanto reflejan la realidad de la política mundial,
incluso aunque procuran trascenderla. Pero la libertad política ha venido
avanzando en el mundo, primero cuando los pueblos de Asia y África se
liberaron del colonialismo y luego a medida que más pueblos se liberaban de
la dictadura, afirmando su derecho a escoger sus propios gobernantes.
Hace 20 años era casi impensable que las Naciones Unidas tomaran partido
entre democracia y dictadura, o trataran de injerirse en los asuntos
internos de los Estados Miembros.
Hoy en día, por el contrario, casi todos los Estados Miembros de las
Naciones Unidas aceptan la democratización como algo deseable, al menos en
teoría, y las Naciones Unidas mismas hacen más que cualquier otra
organización por fomentar y fortalecer las instituciones y prácticas
democráticas en todo el mundo. Sólo en el último año han organizado o se ha
ayudado a organizar elecciones en más de 20 países, con frecuencia en
momentos decisivos de su historia, como en el Afganistán, Palestina, el Iraq
y Burundi. Los Estados Miembros de las Naciones Unidas pueden acordar ahora,
si así lo deciden, aumentar esa asistencia, y hacer que el mecanismo
internacional de defensa de los derechos humanos sea más eficaz y creíble.
En mi informe les propuse una forma de poner los derechos humanos a la par
de la seguridad y el desarrollo en las Naciones Unidas renovadas.
Sesenta años de paz y crecimiento económico en el mundo industrializado han
dado también al género humano hoy, por primera vez, el poder económico y
técnico para superar la pobreza y los males que acarrea. Y gracias en gran
parte a una serie de conferencias de las Naciones Unidas, que culminaron en
las reuniones en la cumbre de Monterrey y Johannesburgo en 2002, hay también
un acuerdo muy amplio respecto de lo que ha de hacerse. Los “objetivos de
desarrollo del Milenio” aprobados por las Naciones Unidas, con su promesa
osada de reducir a la mitad la pobreza extrema para 2015, han pasado a ser
una especie de manifiesto para los pobres que recientemente han adquirido
nuevos derechos en todo el mundo.
Ya no
hay excusa alguna para dejar que más de mil millones de nuestros congéneres
vivan en una miseria abyecta. Lo único que se necesita son decisiones claras
de los gobiernos, tanto de países ricos como de los pobres.
Hace cinco años la paz y la seguridad parecían más a nuestro alcance que el
desarrollo. Debido a los ataques terroristas, y a las controversias acerbas
respecto del Iraq, parecen ahora mucho más dudosas, y seguimos enfrentados a
crueles conflictos en varios lugares de África. Pero la crisis puede dar
lugar a una oportunidad. La existencia de amenazas comunes hace que las
naciones tengan mayor conciencia de la necesidad de una respuesta colectiva.
Pueden y deben adoptarse decisiones para fortalecer nuestra defensa común y
adoptar medidas contra el terrorismo, las armas de destrucción en masa, la
delincuencia organizada, las epidemias repentinas a escala mundial, el
cambio climático, el colapso estatal reiterado, las guerras civiles y el
genocidio.
Las Naciones Unidas son un foro en que los Estados soberanos pueden formular
estrategias comunes para hacer frente a problemas mundiales y un instrumento
para hacer efectivas esas estrategias. Pero pueden ser un instrumento mucho
más eficaz si su órgano rector, la Asamblea General, está mejor organizado e
imparte directrices más claras a la Secretaría, con flexibilidad para
aplicarlas, y nos hace claramente responsables de la forma en que las
aplicamos. El Consejo de Seguridad, por su parte, ha de ser más ampliamente
representativo, pero también debe tener mayor capacidad y disposición para
adoptar medidas cuando sea necesario.
He propuesto decisiones en todas esas esferas, y desafío a los dirigentes
mundiales a que respondan con la adopción de medidas en la cumbre de las
Naciones Unidas que se celebrará en septiembre. En el hemisferio norte nos
estaremos acercando al otoño. Pero si los dirigentes mundiales están a la
altura de su responsabilidad, el renacimiento y la renovación de las
Naciones Unidas estarán recién comenzando, y con ello una esperanza renovada
de un mundo más libre, más justo y más seguro.
El autor es el Secretario General de las Naciones Unidas