|
Nueva York, 21
de marzo de 2005
Señor
Presidente, Excelencias,
Les agradezco que me permitan presentarles en persona el informe que ustedes
me solicitaron sobre los progresos realizados, cinco años después, en el
cumplimiento de la Declaración del Milenio.
El mensaje principal de este informe es que es posible alcanzar los
objetivos de la Declaración, pero sólo si ustedes, los Estados Miembros,
están dispuestos a adoptar un conjunto de decisiones específicas y concretas
este año.
Algunas de esas decisiones son tan importantes que deberán ser adoptadas a
nivel de Jefes de Estado y de Gobierno. Por consiguiente, es muy propicio
que sus Jefes de Estado y de Gobierno hayan aceptado acudir a una reunión en
la cumbre que se celebrará aquí en el mes de septiembre. Les estoy
presentando deliberadamente mi informe seis meses antes de esa reunión a fin
de que sus gobiernos tengan tiempo suficiente para estudiarlo. Mi esperanza
es que, cuando lleguen en septiembre, los dirigentes mundiales estén
preparados para adoptar las decisiones que se requieren.
Y
espero que las adopten como un todo.
En
cualquier lista de propuestas como ésta hay elementos que parecen más
importantes para unos que para otros, y elementos sobre los cuales algunos
tendrán reservas, mientras que otros los considerarán esenciales. Puede
existir la tentación de tratar la lista como si fuera un menú a la carta y
seleccionar sólo aquellos elementos que atraen especialmente a cada uno.
En
este caso, ese método no dará resultados. Lo que propongo representa una
estrategia global. Se concede la misma importancia y la misma atención a los
tres grandes propósitos de esta Organización: el desarrollo, la seguridad y
los derechos humanos, todos los cuales deben apoyarse en los principios del
Estado de derecho. Algunos Estados tal vez piensen que deberíamos asignar
prioridad a uno de esos propósitos por encima de los demás; y en cada uno de
esos ámbitos, muchos Estados tendrán sus preferencias particulares.
No
necesito recordarles, sin embargo, que ésta es una Organización de 191
Estados Miembros. Todos sabemos que la mejor forma de resolver los problemas
mundiales es que todos los Estados cooperen. También debemos aceptar que
esto sólo sucederá si todos los Estados consideran que en el marco de la
estrategia común se abordan sus preocupaciones concretas.
Afirmo en el informe —y estoy profundamente convencido de ello— que las
amenazas a que nos enfrentamos nos interesan a todos por igual. He dado al
informe el título de “Un concepto más amplio de la libertad” porque creo que
esas palabras de nuestra Carta transmiten la idea de que el desarrollo, la
seguridad y los derechos humanos van de la mano. En un mundo de amenazas y
oportunidades interconectadas, interesa a todos los países que se dé una
respuesta eficaz a todos esos desafíos. La causa de una libertad más amplia
sólo podrá promoverse si las naciones cooperan; y las Naciones Unidas sólo
podrán aportar su ayuda si son objeto de una remodelación que las convierta
en un instrumento eficaz del propósito común de las naciones.
Mis argumentos les podrán parecer convincentes o no. Pero, en cualquier
caso, les ruego que recuerden que si necesitan la ayuda de otros Estados
para lograr sus objetivos también deben de estar dispuestos a ayudarles a
ellos a lograr sus objetivos. Por este motivo les insto a que
aborden mis propuestas como un todo.
Excelencias,
Permítanme ahora describir muy brevemente lo que propongo.
El
informe se divide en cuatro secciones principales. En las tres primeras se
exponen las prioridades para la acción en las esferas del desarrollo, la
seguridad y los derechos humanos, respectivamente, mientras que la última
trata de las instituciones mundiales, principalmente de las propias Naciones
Unidas, que deben ser, como se afirma en la Declaración del Milenio, “un
instrumento más eficaz” para el logro de esas prioridades.
En
la primera parte, titulada “Libertad para vivir sin miseria”, se proponen
decisiones específicas para llevar a la práctica el acuerdo al que se llegó
hace tres años en Monterrey entre los países desarrollados y los países en
desarrollo.
Pido a cada país en desarrollo que adopte y empiece a ejecutar, para
el año próximo, una amplia estrategia nacional de desarrollo lo bastante
atrevida para alcanzar los objetivos de desarrollo del Milenio para el año
2015; y que movilice todos sus recursos en beneficio de esa estrategia.
Concretamente, pido a los países en desarrollo que mejoren su gobernanza,
respeten los principios del Estado de derecho, luchen contra la corrupción y
adopten un enfoque integrador del desarrollo que permita que la sociedad
civil y el sector privado desempeñen su papel. El desafío del desarrollo es
demasiado grande para que los gobiernos lo afronten solos.
Y
pido a cada país desarrollado que apoye esas estrategias aumentando
el volumen de recursos que dedica al desarrollo y al alivio de la deuda y
haciendo todo lo posible por que haya una mayor igualdad de oportunidades
para el comercio mundial.
Concretamente, pido a los países desarrollados que se comprometan, este año,
a terminar la Ronda de Doha de negociaciones comerciales en 2006 a más
tardar, y que como primer paso proporcionen inmediatamente acceso a los
mercados libre de derechos y de contingentes a todas las exportaciones de
los países menos
adelantados.
También les pido que se comprometan a alcanzar, a más tardar en 2015, el
objetivo de dedicar el 0,7% de su producto interior bruto a la asistencia
oficial para el desarrollo. Este volumen adicional de recursos debe
adelantarse por conducto de un mecanismo internacional de financiación, ya
que a fin de alcanzar los objetivos para 2015 necesitaremos efectuar esos
gastos adicionales inmediatamente. A más largo plazo deberán estudiarse
otras fuentes innovadoras de financiación.
Todos los gobiernos deberán asumir la responsabilidad de hacer honor a su
parte de ese trato, tanto ante sus propias poblaciones como entre sí.
También hago hincapié en que el desarrollo debe ser sostenible. Todos
nuestros esfuerzos serán en vano si sus resultados se encuentran
menoscabados por la constante degradación del medio ambiente y el
agotamiento de nuestros recursos naturales.
Celebro que el Protocolo de Kyoto ya haya entrado en vigor, aunque sea tres
años después del plazo fijado por la Declaración del Milenio, pero observo
también que sólo es válido hasta el año 2012, y que algunos de los que más
contribuyen a las emisiones de carbono no se han adherido a él. Por
consiguiente, pido a todos los Estados que convengan en que es necesario
movilizar ahora los adelantos científicos y las innovaciones
tecnológicas a fin de crear instrumentos para paliar el cambio climático, y
en que hay que desarrollar un marco internacional más integrador para
estabilizar las emisiones de gases de efecto invernadero más allá de 2012,
con una mayor participación de todos los principales emisores y de los
países desarrollados y en desarrollo.
Recomiendo también que los Estados Miembros estudien la posibilidad de
aprovechar una de las claras ventajas de esta Organización creando un fondo
de contribuciones voluntarias por valor de 1.000 millones de dólares que nos
permita aportar un socorro rápido y eficaz a las víctimas de desastres
inesperados, ya sean naturales o causados por el hombre. Después del
reciente maremoto nos fue posible hacerlo gracias a la rápida respuesta de
los donantes, pero deberíamos estar preparados para ello siempre que se
produzca una situación de emergencia en cualquier lugar del mundo.
En
la segunda parte del informe, que lleva por título “Libertad para vivir sin
temor”, pido a todos los Estados que lleguen a un acuerdo sobre un nuevo
consenso de seguridad con arreglo al cual se comprometan a tratar cualquier
amenaza contra uno de ellos como una amenaza contra todos, y a colaborar
para prevenir el terrorismo catastrófico, detener la proliferación de armas
letales, poner fin a las guerras civiles y consolidar una paz duradera en
los países asolados por la guerra.
Entre mis propuestas concretas en esta esfera, pido a todos los Estados que
concluyan, firmen y apliquen el convenio general sobre el terrorismo, basado
en una definición clara y acordada, así como el convenio sobre el terrorismo
nuclear y el tratado para la prohibición de la producción de material
fisionable. También pido a los Estados Miembros que convengan en establecer,
en el marco de las Naciones Unidas, una Comisión de Consolidación de la Paz,
para ayudar a los países a efectuar la transición de la guerra a una paz
duradera.
En
la tercera parte del informe, titulada “Libertad para vivir en dignidad”,
insto a todos los Estados a que convengan en fortalecer el Estado de
derecho, los derechos humanos y la democracia en formas concretas.
En
particular, les pido que asuman el principio de la “responsabilidad de
proteger”, como base para la acción colectiva contra el genocidio, la
depuración étnica y los crímenes de lesa humanidad, reconociendo que esta
responsabilidad recae, primera y primordialmente, en cada uno de los
Estados, pero también que, en caso de que las autoridades nacionales no
estén dispuestas a proteger a sus ciudadanos o no puedan hacerlo, la
responsabilidad se traslada entonces a la comunidad internacional; y que, en
última instancia, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas podrá
adoptar medidas coercitivas con arreglo a la Carta.
Entre otras medidas, también pido a todos los Estados que ratifiquen, y
apliquen, todos los tratados relativos a la protección de la población
civil; y que convengan en establecer en las Naciones Unidas un fondo para la
democracia, y contribuyan a él con arreglo a sus medios. Este fondo
facilitaría financiación y prestaría asistencia técnica a los países que
intentan establecer o fortalecer su democracia.
En
la última parte del informe, relativa al “Fortalecimiento de las Naciones
Unidas”, formulo propuestas para convertir a esta Organización en el
instrumento que permita a todos sus Estados Miembros llegar a acuerdos sobre
las estrategias definidas en las tres primeras partes, y ayudar a los demás
a aplicarlas. Esto refleja mi opinión bien arraigada de que, para cumplir su
tarea, las Naciones Unidas deben adaptarse totalmente a las realidades de
hoy. Pueden y deben ser una organización mundial representativa y eficiente,
abierta y responsable ante el público y ante los gobiernos.
A
continuación recomiendo un sistema de tres Consejos, que se ocupen,
respectivamente, de: a) la paz y la seguridad internacionales, b) las
cuestiones económicas y sociales, y c) los derechos humanos. Esto refleja
las prioridades descritas en las partes anteriores del informe, sobre las
cuales creo que existe un consenso general.
Los dos primeros Consejos ya existen, como es evidente, pero deben ser
fortalecidos. El tercero exige una remodelación de gran alcance y una
potenciación de nuestros mecanismos de derechos humanos.
En
primer lugar, insto a los Estados Miembros a convertir el Consejo de
Seguridad en un órgano más ampliamente representativo de toda la comunidad
internacional, así como de las realidades geopolíticas de hoy.
Esta importante cuestión se ha debatido ya durante demasiado tiempo. Creo
que los Estados Miembros deberían acordar tomar una decisión al respecto
—preferiblemente por consenso, pero en cualquier caso antes de la cumbre—
aplicando una u otra de las opciones presentadas en el informe del Grupo de
alto nivel.
Y
sugiero que el Consejo de Seguridad renovado exponga en una resolución los
principios por los que se propone regirse al decidir una autorización o un
mandato para hacer uso de la fuerza.
En
segundo lugar, hago propuestas para permitir que el Consejo Económico y
Social, cuyas funciones son claramente pertinentes para nuestro
indispensable programa de desarrollo, desempeñe la función principal que le
correspondería en cuanto a formular y ejecutar políticas coherentes de las
Naciones Unidas para fomentar el desarrollo.
Y,
en tercer lugar, pido a los Estados Miembros que creen un nuevo Consejo para
cumplir uno de los principales propósitos de la Organización, que en el
momento actual requiere claramente unas estructuras funcionales más
eficaces. Me refiero a la promoción de los derechos humanos. Este Consejo
sustituiría a la actual Comisión de Derechos Humanos, cuya capacidad para
desempeñar sus funciones se ha visto menoscabada por la disminución de su
credibilidad y su profesionalidad. Sugiero que el Consejo de Derechos
Humanos sea más reducido que la Comisión, y que sus miembros sean elegidos
directamente por una mayoría de dos tercios de esta Asamblea.
También hago propuestas de gran alcance para la reforma de la Secretaría,
que deberá ser más flexible, transparente y responsable a fin de poder
atender las prioridades de los Estados Miembros y los intereses de los
pueblos del mundo; y para introducir una mayor coherencia en la labor de
todo el sistema de las Naciones Unidas, especialmente en su respuesta a las
situaciones de emergencia humanitaria y a su forma de abordar las cuestiones
de medio ambiente.
Excelencias,
No
pido disculpas por haber hecho una exposición tan detallada y directa. Por
lo que se refiere al detalle, les aseguro que no es más que la punta del
iceberg. Confío en que ustedes lean mi informe completo. En él encontrarán
muchas más propuestas que las que he podido describir aquí en el tiempo de
que dispongo.
Y
en cuanto a su estilo directo, les he ahorrado a ustedes deliberadamente
todo vuelo retórico. Ya se han oído en este salón suficientes declaraciones
grandilocuentes para ocuparnos durante varios decenios. Todos sabemos cuáles
son los problemas y todos sabemos lo que hemos prometido conseguir. Lo que
se necesita ahora no son más declaraciones ni más promesas, sino acción para
cumplir las promesas que ya se han hecho.
Creo que mi informe proporciona un claro programa de medidas cuya adopción
está totalmente en manos de sus gobiernos. Les insto una vez más a que lo
estudien. Y exhorto a sus Jefes de Estado y de Gobierno a estar preparados
para adoptar esas decisiones cuando vengan en septiembre.
Muchas
gracias. |