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CAMPAÑA DEL LAZO BLANCO

 

 

 

 

4. Erradicar la violencia contra las mujeres es asunto de hombres 

Javier Pineda*

Celebramos por estos días los derechos de la mujer, y nadie debería estar más contento que un hombre. Ver crecer a nuestras madres, compañeras e hijas como interlocutoras válidas y capaces es fuente de satisfacción y bienestar para cualquier hombre. El maltrato y la subvaloración de la mujer no sólo perjudica su dignidad, sino también la de de aquel que lo hace.  

Es necesario resaltar un aspecto en el que estamos muy lejos de la meta deseable: el fin de la violencia contra la mujer. Ponerle fin es sobre todo responsabilidad de los hombres, no sólo como principales portadores de la violencia, sino también porque en nuestra voz siguen descansando la mayor parte de las decisiones.  

Los hombres pagamos costos por la violencia contra la mujer, ejercida abrumadoramente por nosotros mismos, en dos dimensiones: una personal y otra política. La personal tiene que ver con las valoraciones que discriminan contra lo femenino en los hombres y nos aíslan del desarrollo de capacidades humanas; y la política se asocia con las culturas que grupos y organizaciones reproducen cotidianamente en el ejercicio del poder y la violencia de los varones.  

La dimensión personal está relacionada con la forma a través de la cual nos hacemos hombres: la represión de las expresiones consideradas femeninas. A diferencia de la mujer, el ser hombre se constituye en algo que continuamente debe demostrarse. Eso incluye las asociaciones con ser sexualmente activo, el no desfallecer, el proveer económicamente, pero también, en muchos casos, con la capacidad para hacer uso de la violencia, contra la mujer si esta no cumple con lo que de ella se espera, y también contra otros hombres con quienes se establezcan relaciones de competencia, poder y agresión.  

En Colombia los hombres morimos por causas asociadas a esos ejercicios de dominación y violencia. Morimos principalmente por la próstata, el corazón y la violencia. Pero además, si sobrevivimos hasta la vejez debemos cargar con las consecuencias de la forma en que aprendimos a ser hombres: el aislamiento; los costos de no haber participado en igualdad de condiciones en la crianza y cuidado de los hijos y las hijas, y de haber ejercido la violencia contra la mujer y los hijos. 

 En la dimensión social y política, el ser hombre ha venido a constituirse en sinónimo de dureza y agresión. Los hombres son los principales perpetradores de la violencia, y, en el campo de lo público, sus principales víctimas. La violencia contra las mujeres se constituye básicamente en un mecanismo de control y dominación que se sustenta en comportamientos, costumbres y prácticas que subestiman lo femenino y discriminan en contra de la mujer.  

La violencia contra la mujer está sostenida por muchos pilares en una sociedad como la nuestra. Pero lo curioso es que la infelicidad que produce no afecta solamente a las mujeres que son víctimas, sino también a nosotros, los hombres, porque cada acto para acabar con lo femenino destruye una parte de nosotros mismos. Cuando celebremos los derechos de la mujer pensemos que el primer derecho es el que tienen a no sufrir violencia alguna, y que las beneficiarias -si lo logramos- no sólo serán ellas, sino también nosotros, los hombres.

*Profesor de la Universidad de los Andes, autor del libro “Masculinidades, género y desarrollo” 

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