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Mensaje del
Secretario General de la ONU, Kofi Annan con ocasión del Día Mundial de la
Lucha contra el SIDA. -
1° de diciembre de 2006 -
En los 25 años transcurridos desde que se declaró el primer caso de SIDA,
esta enfermedad ha modificado el mundo: ha provocado la muerte de 25
millones de personas e infectado a otros 40 millones, y se ha convertido en
la principal causa de muerte tanto de hombres como de mujeres entre los 15 y
los 59 años de edad. El SIDA ha ocasionado el más grande retroceso en la
historia de desarrollo humano. En otras palabras, ha pasado a ser el mayor
reto que se plantea a nuestra generación.
Durante mucho
tiempo, el mundo se negó a reconocer la situación, pero en los últimos 10
años la actitud ha cambiado. El mundo ha comenzado a asumir la lucha contra
el SIDA con toda la seriedad que merece.
Hoy como nunca se
están destinando grandes cantidades de recursos financieros a esa lucha, los
enfermos tienen más acceso al tratamiento antirretroviral y varios países
han logrado contener la propagación de la enfermedad. Sin embargo, el número
de infecciones no ha disminuido y por ello tenemos que movilizar más que
nunca la voluntad política.
El establecimiento
hace 10 años del Programa conjunto de las Naciones Unidas sobre el virus de
la inmunodeficiencia humana y el síndrome de inmunodeficiencia adquirida (ONUSIDA)
permitió congregar los esfuerzos y recursos de diversas partes integrantes
del sistema de las Naciones Unidas, y fue un hito que transformó la reacción
al SIDA en el mundo entero. Hace cinco años, todos los Estados Miembros de
las Naciones Unidas establecieron un nuevo hito al aprobar la Declaración de
compromiso, que establece una serie de metas concretas, de amplio alcance y
con plazos fijos, para combatir la epidemia.
Ese mismo año,
habiendo decidido asignar al VIH/SIDA un lugar prioritario en mi labor como
Secretario General, hice un llamamiento para que se creara un fondo de
reserva de otros 7.000 a 10.000 millones de dólares anuales. Hoy es para mi
un gran orgullo ser patrocinador el Fondo Mundial de Lucha contra el SIDA,
la tuberculosis y la malaria, mediante el cual se han distribuido más de
2.800 millones de dólares a distintos programas en todo el mundo.
Últimamente hemos recibido una gran cantidad de financiación adicional de
los donantes bilaterales, de la hacienda pública de los países, la sociedad
civil y otras fuentes. Las inversiones anuales para hacer frente a la
amenaza del SIDA en los países de ingresos bajos y medianos es actualmente
de más de 8.000 millones de dólares. Desde luego, se necesita mucho más:
para 2010, el monto que se precisará para responder debidamente a la
epidemia superará a los 20.000 millones de dólares al año. Pero al menos
hemos comenzado a recaudar recursos y establecer las estrategias necesarias.
La reacción ante
el SIDA ha comenzado a cobrar impulso y por ello lo que está en juego
reviste aún más importancia. No podemos permitir que se malogren los
adelantos ya alcanzados ni que se frustren los enormes esfuerzos de tantas
personas. La tarea consiste ahora en conseguir que se cumplan todos los
compromisos, incluido el de alcanzar el objetivo de desarrollo del Milenio
de detener y comenzar a reducir la propagación del VIH para el año 2015,
como convinieron todos los gobiernos del mundo. Los dirigentes de todos los
niveles deben reconocer que detener la propagación del SIDA es también un
requisito para la consecución de casi todos los otros objetivos, que
constituyen, en conjunto, el plan convenido de la comunidad internacional
para construir un mundo mejor en el siglo XXI. Los dirigentes deben
responder por sus compromisos ante sí mismos, y ante todos nosotros.
Esa
responsabilidad, esa rendición de cuentas que es el tema de este Día Mundial
de la Lucha contra el SIDA, exige que cada presidente y primer ministro,
cada parlamentario y cada político, declaren su firme decisión de poner fin
al SIDA. Para ello deberán ofrecer más protección a todos los grupos
vulnerables, ya sean las personas que viven con el VIH, los jóvenes, los
trabajadores del sexo, los usuarios de drogas inyectables o los hombres que
tienen relaciones sexuales con otros hombres. Deberán trabajar lado a lado
con las agrupaciones de la sociedad civil, que son decisivas en esta lucha.
Y también deberán tratar de efectuar auténticos cambios positivos para
infundir más poder y confianza a las mujeres y las niñas y transformar las
relaciones entre las mujeres y los hombres de todos los sectores de la
sociedad.
Pero no sólo debe
exigirse responsabilidad a quienes ocupan posiciones de autoridad sino
también a todos nosotros. La responsabilidad supone, por ejemplo, que los
empresarios contribuyan a prevenir el VIH en los sitios de trabajo y en las
comunidades en general y que cuiden de los trabajadores enfermos y sus
familias. Supone que los trabajadores de la salud, los dirigentes
comunitarios y los grupos religiosos escuchen y se interesen, sin emitir
juicios. Supone que los padres, los esposos, los hijos y los hermanos
defiendan y protejan los derechos de las mujeres. Exige que los maestros
alimenten los sueños y respondan a las aspiraciones de las niñas. Exige
también que los hombres velen por que sus congéneres asuman su
responsabilidad y comprendan que la verdadera hombría está en proteger a
otros del peligro. Exige que cada uno de nosotros ayude a sacar el SIDA de
las sombras y a difundir el mensaje de que el silencio equivale a la muerte.
Aunque pronto
dejaré el cargo de Secretario General de las Naciones Unidas, seguiré
difundiendo ese mensaje mientras me queden fuerzas este Día Mundial de la
Lucha contra el SIDA siempre será para mi un día especial. Comprometámonos
hoy a persistir en nuestro empeño, no solo este día, o este año, o el
entrante, sino todos los días, hasta acabar con la epidemia.
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Bogota. Diciembre 1 de 2006.
BOG/SG/55
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