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Gracias,
Señor Presidente.
Excelencias,
Señoras y
señores,
La fecha
de esta sesión extraordinaria se ha elegido para conmemorar el 60º
aniversario de la liberación de Auschwitz, si bien, como ustedes saben,
existieron otros muchos campos que fueron cayendo uno a uno en manos de las
fuerzas aliadas en la primera mitad de 1945.
El mundo
no conoció sino de forma gradual las verdaderas dimensiones del mal que
encerraban esos campos. La noticia de su descubrimiento estaba fresca en la
memoria de los delegados presentes en San Francisco cuando se fundaron las
Naciones Unidas. La Organización no debe olvidar nunca que su creación fue
una respuesta a la iniquidad del nazismo y que su misión vino dada en parte
por el horror del holocausto. Esa respuesta ha quedado consagrada en la
Carta de las Naciones Unidas y en la Declaración Universal de Derechos
Humanos.
Esos
campos, Señor Presidente, no fueron simplemente “campos de concentración”.
No recurramos al mismo eufemismo que utilizaron quienes los construyeron. Su
propósito no era “concentrar” a un grupo de personas en un lugar determinado
con fines de vigilancia, sino exterminar a todo un pueblo.
Hubo
además otras víctimas, como los roma, o gitanos, quienes recibieron el mismo
trato de absoluto desprecio de su condición humana que los judíos. Casi una
cuarta parte del millón de gitanos que vivían en Europa fueron asesinados.
También
fueron masacrados a sangre fría ciudadanos polacos y otras personas de
origen eslavo, prisioneros de guerra de la Unión Soviética, y personas
física y mentalmente discapacitadas. Asimismo, fueron tratadas con atroz
brutalidad personas pertenecientes a grupos tan diversos como los testigos
de Jehová y los homosexuales, así como opositores políticos y numerosos
escritores y artistas.
A todos
ellos debemos y podemos manifestar nuestro respeto trabajando con especial
ahínco para proteger, ahora y siempre, a todas las comunidades vulnerables y
que se ven expuestas a amenazas similares.
Pero lo
vivido por el pueblo judío fue una tragedia aparte. Dos tercios de los
judíos de Europa, entre ellos un millón y medio de niños, fueron asesinados.
Una civilización entera, cuya aportación a la riqueza cultural e intelectual
de Europa y del mundo había sido muy superior a su proporción numérica, fue
arrancada de raíz, destruida y asolada.
En breves
momentos tendrán ustedes el honor de escuchar a uno de los supervivientes,
mi querido amigo Elie Wiesel. Como él mismo ha escrito, “no todas
las víctimas fueron judíos, pero todos los judíos fueron víctimas”. Es de
rigor, por tanto, que el primer Estado que hoy haga uso de la palabra sea el
Estado de Israel, nacido, al igual que las Naciones Unidas, de las cenizas
del holocausto.
El
holocausto fue la culminación de una larga y vergonzosa historia de
persecución antisemita, pogromos, discriminación institucionalizada y otras
formas de trato degradante. Los propagandistas del odio no siempre fueron,
y tal vez no lo sean en el futuro, únicamente extremistas marginales.
¿Cómo
pudo suceder tanto mal en un Estado-nación de tal sofisticación y cultura,
situado en el corazón de una Europa cuyos artistas y pensadores tanto habían
legado al mundo? Con razón se ha dicho: “lo único que hace falta para que
triunfe el mal es que los buenos no hagan nada”.
Hubo
algunos buenos, hombres y mujeres, que sí hicieron algo: alemanes como
Gertrude Luckner y Oskar Schindler; extranjeros como Meip Geis, Chiune
Sugihara, Selahattin Ülkümen y Raoul Wallenberg. Pero no fue suficiente, ni
siquiera medianamente suficiente.
No
debemos permitir que se repita semejante mal. Debemos montar guardia para
prevenir cualquier resurgimiento del antisemitismo y estar listos para
actuar contra las nuevas formas de antisemitismo que están asomando en la
actualidad.
Esa
obligación nos vincula no sólo al pueblo judío, sino también a todos los que
se han visto o pueden verse amenazados por una suerte semejante. Debemos
estar alerta contra toda ideología basada en el odio y la exclusión, en todo
momento y en todo lugar.
Señor
Presidente,
En
ocasiones como ésta, es fácil hacer alarde de retórica. Decimos, con razón,
“nunca más”. Pero es mucho más difícil pasar a la acción. Desde que ocurrió
el holocausto el mundo ha vuelto a caer más de una vez en la humillación de
no haber sabido prevenir o detener el genocidio, como sucedió en Camboya,
Rwanda y la ex Yugoslavia.
Todavía
hoy se ven alrededor del mundo casos horribles de crueldad. No es tarea
fácil decidir cuál de ellos merece atención prioritaria o, más
concretamente, qué tipo de acción servirá para proteger a las víctimas y
asegurar su futuro. Es fácil decir, “hay que hacer algo”. Es mucho más
difícil decir exactamente qué se debe hacer, cuándo y cómo, y seguidamente
hacerlo.
Lo que no
debemos hacer en absoluto es negar lo que está ocurriendo, o permanecer
indiferentes, como hicieron muchos mientras las fábricas de muerte de los
nazis llevaban a cabo su macabra labor.
Hoy están
sucediendo cosas terribles en Darfur (Sudán). Mañana espero recibir el
informe de la Comisión Internacional de Investigación, que yo mismo
establecí a petición del Consejo de Seguridad.
En ese
informe se determinará si han ocurrido o no actos de genocidio en Darfur.
Pero además se especificarán las flagrantes violaciones del derecho
internacional humanitario y de los derechos humanos que sin duda se han
cometido, lo cual no es menos importante.
Una vez
que reciba el informe, el Consejo de Seguridad tendrá que decidir qué
medidas ha de adoptar, a fin de que los responsables rindan cuenta de sus
actos. Es una grave responsabilidad.
Queridos
amigos,
Hoy es un día de homenaje a las víctimas del holocausto,
quienes, muy a nuestro pesar, jamás obtendrán resarcimiento, al menos en
este mundo.
Hoy es un
día de homenaje a nuestros fundadores, las naciones aliadas cuyos soldados
combatieron y murieron para derrotar al nazismo. Esos soldados están
representados hoy aquí por algunos excombatientes que ayudaron a liberar los
campos, entre ellos mi querido amigo y colega, Sir Brian Urquhart.
Hoy es un
día de homenaje a los supervivientes, que frustraron heroicamente las
maquinaciones de sus opresores, llevando al mundo y al pueblo judío un
mensaje de esperanza. Pero el tiempo pasa y van quedando cada vez menos. Nos
corresponde pues a nosotros, las generaciones posteriores, mantener en alto
la antorcha del recuerdo y alumbrar con su luz nuestros pasos en la vida.
Hoy es,
sobre todo, un día de recuerdo no sólo de las víctimas de horrores pasados a
quienes el mundo abandonó a su suerte, sino también de las posibles víctimas
de horrores presentes y futuros. Hoy es un día para mirarles fijamente a los
ojos y decir: “al menos a ustedes no podemos fallarles”.
Muchísimas
gracias.
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